Generaciones de choque

Un gran malentendido que puede salir muy caro

Por: Mario Alberto García Valdez | Chief Strategy Officer
 

Cuando me invitaron a desarrollar la idea y despues fundar el CTIN (Centro de Tecnología e Innovación) en 2011, con apenas 30 jóvenes brillantes, el objetivo era claro; crear el semillero de jóvenes con talento más importante del país. Se logró. Años después, el CTIN ya había reclutado a más de 500 jóvenes, y se había consolidado como el hub de innovación más importante de Latinoamérica, operando desde Plaza Carso y empujando la transformación digital en México.

Ahí aprendí algo que nunca olvidé.

“El talento no tiene edad, pero sí exige que aprendamos a hablar su idioma.”

Durante años, trabajé en el corazón de la industria de telecomunicaciones, donde los liderazgos tradicionales todavía gobernaban con lógicas de permanencia, jerarquía y control. Cuando intentamos insertar nuevas generaciones con ideas frescas, creatividad desbordada y hambre de propósito, nos dimos de frente con una muralla. El problema no era el talento. Era la traducción.

“Las generaciones no se entienden porque no se escuchan entre ellas”

Hoy convivimos varias generaciones en un mismo entorno, y entenderlas sin filtros, es esencial para lograr algo más que tolerancia; colaboración real.

La Generación X, la mía, nació entre 1965 y 1980. Somos hijos de la transición. Crecimos sin redes sociales, con la idea de que la estabilidad era el camino al éxito, que “el que madruga, Dios lo ayuda”, que entre más años en una empresa, mejor, y que callar era una forma de aguantar. Somos resilientes, sí… pero también aprendimos a tragar emociones hasta perderlas de vista. Muchos aún llevamos ese escudo puesto.

Luego llegaron los Millennials, entre 1981 y 1996. Productivos como pocos, versátiles, enfocados. No quieren vivir para trabajar, sino trabajar para vivir. No se casan con oficinas ni con títulos, pero sí con causas. No es que abandonen fácil, es que no están dispuestos a hipotecar su bienestar por sistemas que no les hacen sentido. Son los primeros que miraron de frente al modelo tradicional y dijeron: “No gracias”, “Así, no.”

Después vino la Generación Z, nacida entre 1997 y 2012. Nativos digitales, conectados desde siempre. No piden permiso para aprender ni para crear. Son rápidos, críticos y emocionales. No toleran la incongruencia ni los discursos vacíos. No les pidas que se pongan la camiseta de una empresa si no hay coherencia real detrás. Son impacientes, sí, pero también increíblemente lúcidos, con una inteligencia emocional muy por encima de la que solemos reconocer.

Y por último, está la Generación Alpha, los más jóvenes, nacidos a partir de 2013. No solo están creciendo, están observando todo. Están enojados. ¿Cómo no estarlo? Heredan un mundo en crisis climática, desigualdad sin escrúpulos y líderes mundiales que no están a la altura. Su enojo es legítimo porque heredan un mundo roto y no ven respuestas claras. Si no empezamos a escucharlos ahora, será tarde cuando quieran hablar.

Hablemos un poco de lo que llaman la “generación de cristal”… ¿o debemos decir la generación emocionalmente responsable?

Mucho se les ha dicho a los Millennials y Z, especialmente eso de “generación de cristal”. Que se ofenden fácil, que no aguantan presión, que renuncian al primer problema. Pero te pido análizar lo siguiente.

Ellos no son frágiles, son más conscientes. Se atreven a hablar de salud mental, de burnout, de ansiedad, de depresión. Cuestiones que la generación X —yo incluido— muchas veces ocultó por miedo a parecer débiles. Ellos no callan lo que los rompe. Lo enfrentan. Y eso no es debilidad, es valentía.

Además, son claros con lo que los hace felices. No están esperando una palmadita del jefe ni una medalla de oro por 20 años de “lealtad”. Ellos quieren proyectos, no puestos. Propósito, no promesas.

Hay que reconocer que en todas las generaciones hay personas brillantes y otras que no se comprometen. No es un tema generacional, es un tema humano. A veces, decir que “los jóvenes no quieren trabajar” es más una resistencia a cambiar nuestra percepción que una verdad absoluta.

Sin comunicación, estamos perdidos pues la raíz de todos estos malentendidos no es ideológica, es de líneas de comunicación. No es que pensemos tan distinto, es que no hemos encontrado un lenguaje en común.

Si seguimos juzgando en vez de comprender, vamos a seguir tropezando con los mismos errores. Las generaciones no son enemigas, son piezas complementarias de un mismo rompecabezas. Pero si no hablamos, no encajaremos NUNCA.

Debemos de entender que no habrá transformación sin diálogo, estamos en un momento transicional muy importante. El mundo no solo necesita innovación tecnológica, necesita innovación humana. Y eso empieza por reconocer el valor de cada generación, sin nostalgia ni soberbia. La experiencia no debe ser un muro, sino un puente. La pasión de la juventud no es la amenaza, es el motor.

“La verdadera innovación no nace de algoritmos, sino de fricciones creativas entre experiencias y el atreverse”.

Si no hablamos, nos alejamos. Si no escuchamos, nos rompemos. Y si no aprendemos a trabajar juntos, la crisis no será solo laboral o económica, será existencial.

Construir organizaciones donde el “esto siempre se ha hecho así” choque de frente con el ”¿y si lo intentamos?”, y de ese impacto nazcan soluciones que ni ChatGPT podría predecir.

“Porque, al final del día, el cambio generacional no es un problema que resolver, es una necesidad que enfrentar”.